Alcoholismo. Dentro de la botella (historia de un caso)


Alcoholismo

Dentro de la botella (Historia de un caso)

1- Introducción

El alcoholismo se puede enfocar desde diferentes puntos de vista: la adicción, desintoxicación, causas del alcoholismo, tratamiento, etc., pero aquí quiero centrarme en el alcoholismo de todos los días, en donde existe habituación y gran tolerancia a la cantidad de alcohol ingerida.

Generalmente los artículos que se publican están referidos a explicar en qué consiste, a las consecuencias físicas y cognitivas del consumo excesivo, a las dificultades de la recuperación, a la terapia… y asuntos similares.

alcoholismoA mí me gustaría presentar un punto de vista distinto. El punto de vista de la persona que lo sufre: lo que siente, cómo lo vive, qué piensa, por qué lo hace… de forma que nos ayude a comprender mejor la realidad de esta enfermedad desde dentro. Se trata de enfocar el problema desde una visión empática.

Cómo el caso que voy a exponer es el de una mujer, creo que es importante indicar que considero que aún existen algunas diferencias entre el alcoholismo femenino y el masculino.

El motivo por el cual beben los hombres y las mujeres puede tener las mismas causas, pero en algunas ocasiones tanto las causas como -y sobre todo- la forma de beber, pueden diferir. La forma de beber en la mujer es más oculta, más solitaria generalmente, y los motivos pueden variar también según los roles sociales en uso. Aunque las causas del alcoholismo femenino parecen estar más relacionadas con patologías depresivas, baja autoestima, ansiedad, frustraciones y en algunos casos soledad y/o malos tratos.

Con el caso que voy a presentar quiero ejemplificar una clase de alcoholismo en la mujer que no pretende ser un estudio exhaustivo pero sí profundo en cuanto a sentimientos y vivencias de una persona en estas circunstancias. Tampoco se trata de un caso extremo, ni es representativo de ningún grupo marginal, ni con múltiples adicciones, etc. Sólo es un caso más, de una mujer de clase media y trabajadora, que podría ocurrirle a muchas otras mujeres.

Mi intención es también el hacer comprender, sobre todo a las familias, algo que les resulta muy difícil y que les afecta directamente pudiendo incluso llegar a enfermar toda la familia o deshacerse, al mismo tiempo que ver la repercusión en los miembros de la familia y la angustia que les supone.

Para empezar no hay que olvidar la doble actitud que existe con respecto al alcohol en nuestra cultura. Por un lado es el centro de cualquier celebración, ya sea una boda, las fiestas del pueblo, un cumpleaños… etc. o simplemente reunirse con la familia para comer juntos o salir por la noche con los amigos. Hasta en ocasiones cuando alguien no bebe, se le presiona para que lo haga o se le considera “raro/a”.

Por otro lado y como reverso tajante de la moneda se le etiqueta como alcohólico, o con expresiones varias tales como “borracho”, “le gusta mucho la botella”, “siempre va colocado”, etc., con desprecio, despectivamente y se le estigmatiza, cuando la persona en cuestión ya ha caído en la rueda de un consumo excesivo.

Dos versiones de lo mismo y sin embargo, un lado de la moneda puede conducir más fácilmente de lo que pensamos a la otra. En la mujer es aún peor porque una mujer “borracha”, que se supone que debe de mantener el control propio y de su casa así como la unión familiar por ejemplo, es todavía más despreciable que un hombre…

Por el momento la tasa de alcoholismo en la mujer es inferior a la del hombre aunque está en crecimiento el porcentaje de mujeres que beben. Pero dada la problemática citada anteriormente y el hecho de que hasta ahora los programas de recuperación estaban pensados para hombres, se hace más difícil que las mujeres pidan ayuda en estos casos.

La recuperación de la mujer alcohólica debe de realizarse a partir de un programa individualizado y pensado expresamente para la mujer.

2- Historia

Una mujer acude a mi consulta y realizo una evaluación de sus problemas para poder bosquejar las técnicas terapéuticas que voy a utilizar. Empezamos por una historia personal exhaustiva, de la cual sólo extraeremos la parte que nos interesa: la relacionada con el alcohol.

La presentación de este caso no se corresponde sólo con esta historia personal que se realizó en un principio, sino también con registros que realiza la cliente durante la terapia, conversaciones mantenidas en la consulta y grabaciones que he recopilado lo más fielmente posible, para que resulte más coherente.

Se trata de una mujer de 48 años, casada hace 24 años, con dos hijos de 20 y 18 años respectivamente. Tiene un trabajo estable que le gusta y al cual dedica muchas horas.

Tiene amigas, se lleva bien con su familia, que pertenece a una clase media y es la mayor de dos hermanas y un hermano.

Su padre es abogado, y su madre no trabaja fuera del ámbito del hogar, aunque según relata ella, “es una persona muy inquieta y que le gusta aprender, leer y es muy sociable”.

Su padre es una persona más reservada pero muy familiar y preocupado por sus hijas/o.

El ambiente familiar cuando ella era pequeña fue bueno. Sus padres demuestran quererse, “casi siempre están juntos” y dice, ambos apoyaban a sus hijas/o y se mostraban afectuosos.

La relación con su marido presenta altibajos pero hasta el momento cumbre no se desencadena un verdadero conflicto entre ambos y a pesar del problema sigue existiendo un gran cariño entre ellos.

Existen antecedentes de un problema de ansiedad generalizada que le acompaña desde muy joven.

Relata un ingreso hace un año y medio en una clínica de desintoxicación que termina con éxito y una recaída hace tres meses de la que salió por ella misma con ayuda de benzodiacepinas y de su marido.

Cuando se presenta por primera vez a la consulta se observa un aspecto cuidado, su colaboración es buena pero se le nota inquieta, angustiada y triste.

3- Relato

Pregunta: ¿Qué ocurre cuando decides dejarlo y cómo llegas a la idea de que quieres dejarlo?

Respuesta: Primero sientes miedo prácticamente de todo. Lo has decidido pero no sabes lo que te espera, que habrá detrás de la puerta que intentas cruzar.

Estás obnubilada, flotando y casi no te mantienes en pie. Miras a las personas que te han llevado con desconfianza y más aún a los que te reciben en la clínica y que pretenden convencerte de que vas a estar bien y que debes firmar unas reglas y compromisos que no aciertas a leer por lo nerviosa y a la defensiva que estás..

La noche anterior hiciste la despedida y bebiste con avaricia. Piensas “qué nadie me la quite aún, hasta mañana No”. Y te aferras y sigues hasta no poder más y llegar a la cama como puedes, a golpes y tropezones. (Esto ocurrió otras veces antes, pero te lo explicaré más adelante si viene al caso, pero siempre era lo mismo de todas formas)

El día amanece y no recuerdas nada de la noche anterior, pero tu cuerpo está como testigo de los golpes que te diste, y tus ojos hinchados de lo que lloraste. Prácticamente te vas a la cama aturdida y agotada.

– Ayer te caíste ¿te acuerdas? (te lo dice tu marido con cara de angustia y rabia al mismo tiempo, pero no hace más comentario en ese momento).

No, no lo recuerdas en absoluto. Pero tienes moretones, tienes miedo y sientes que vas a una cárcel. Te resistes pero sabes que no hay vuelta atrás y quieres llorar pero no lo haces porque no quieres que te vean así.

Pregunta: ¿Y qué ocurre en la clínica?

Respuesta: En la clínica de desintoxicación te quedas tú con tus pensamientos, sola.

Allí estás a la expectativa, sientes un gran vacío, desorientación y el tiempo se convierte pronto en una pesadilla. Pasa lento, oyes el “pip-pip” que marca cada hora, y no puedes creer que una hora sea tan larga.

No tienes fuerza para nada, andas mal, te coges de la barandilla para bajar las escaleras y piensas que te caerás porque las piernas no están del todo bajo tu control, y al principio te limitas a dormir, a esperar que te llamen para comer aunque no tengas hambre y tu estómago está mal. Y a pensar, pensar mucho: “¿qué hago yo aquí?, ¿por qué?, ¿cómo he llegado hasta aquí?, ¿por qué me han dejado aquí tan sola?”. Parece que no te interesa nada. “Nada tiene sentido. Yo quiero irme a casa, esto es una cárcel con jardín y vigilantes de bata blanca”. Y aguantaba para no llorar y que no me vieran con la cara hinchada.

No quieres ver a nadie así que en cuanto terminas de comer te vuelves al dormitorio, pero antes el ritual de las pastillas que debes tomar y que no te dicen qué son, lo cual te aumenta la inseguridad.

Allí tienes libros, revistas que intentas hojear y no puedes porque no te concentras y porque han perdido su sentido. Sólo te concentras en el mismo y repetitivo pensamiento: “¿por qué? Yo me quiero ir a mi casa” y empiezas a sentir lástima por ti misma. “Me aburro mucho, mucho. Esto no pasa, no va a pasar nunca”.

Por las noches no podía dormir pero no me atrevía a bajar a ver la televisión porque estaba asustada y no podía moverme para no despertar a una compañera que tenía en la habitación.

A medida que pasan los días te vas acostumbrando un poco. Terapia de grupo, alguna actividad con un monitor, ves algo la televisión y vas conociendo a tus compañeros de viaje, que en la mayor parte están peor que tú, lo cual da lugar a escenas desagradables.

Estaba rodeada de personas con síndrome de abstinencia, que se escapaban para conseguir droga o intentaban que se la suministrara el médico de guardia y se volvían violentos y manipuladores. En la mesa sólo hablaban de ello y decían cosas que en este estado me asustaban. Muchos de ellos habían pasado por varios centros y cuando llegaba alguien nuevo, normalmente ya se conocían. Algunos habían pasado por la cárcel. Daba miedo convivir con ellos sobre todo por la noche. Una chica sufría una psicosis alcohólica, me dijo la psicóloga.

Todo lo anterior me reforzaba en mis pensamientos: “quiero irme a casa, he de salir de aquí pero ya, quiero estar con mi gente, quiero volver a mi ambiente, este lugar parece una mala pesadilla”

Cuentas los días para poder marcharte y poco a poco coges fuerza físicamente, puedes hablar con los demás, ojear las revistas, leer un poco… pero sobre todo piensas en tu familia, tus amigos, en tu responsabilidad, en tu vida y haces un balance y reconstruyes como empezó todo, y te reprochas muchas cosas que has hecho y otras que no hiciste en el momento oportuno.

También miras a los demás pacientes y te preguntas si tú eres como ellos y te dices que debes de serlo si no, no estarías allí. Esto te parece espantoso porque a ellos los ves desde fuera y te dices que si eres como ellos es patético y que si no lo vas a conseguir y recaes, casi que sería mejor estar muerta y no hacer sufrir tanto a tu familia.

Los primeros días no me dejaban hablar por teléfono ni con mi marido y yo no entendía el por qué. Insistiendo mucho, me dijeron que mi marido y mi padre telefoneaban todos los días para saber como estaba. Después ya me dejaban hablar con él y por la tarde cuando se acercaba la hora de que me llamara me iba bajo a esperar y si se retrasaba empezaba a ponerme nerviosa, me sentía abandonada y a él muy triste cuando finalmente me llamaba.

A los pocos días le dejaron venir a verme pero sin salir de allí. El encuentro fue muy extraño, deseaba tanto que viniera que no sabía que hacer, estaba emocionada pero como atontada.
Odiaba ir a bañarme. A parte del frío que hacía, me ponía enferma cada vez que me veía desnuda. Estaba esquelética y con la piel toda arrugada, parecía una abuelita o alguien llegado de Etiopía o un país semejante donde carecen de alimentos. Procuraba no mirarme y hacerlo rápido. No soportaba mi imagen.

Otro día me dejaron salir con mi marido a pasear un poco y a tomarnos algo en un bar. Ya no me apetecía el alcohol, así que eso no era problema.

También me dejaron ir un día a comer con mi familia en una celebración, pero me dieron “Colme” a pesar que yo les decía que no era necesario. Cuando llegué a mi casa y después a casa de mis padres para comer con el resto de la familia estaba muy nerviosa, mis padres mis hijos, mis hermanos, todo el mundo me abrazaba pero yo estaba asustada. Mientras comíamos yo estaba como flotando con tanta gente y sentía como que todos me observaban. Hablé un poco de la clínica pero casi estuve callada todo el tiempo. Además de flotando sentía vergüenza y pensaba que les había fallado.

Todo, durante el tiempo que estuve en la clínica, era angustioso e irreal para mí, y puse mucho empeño para salir lo antes posible. Me esforzaba por estar con los demás aunque ni era interesante ni me apetecía, salía por la mañana con todos a tomar un poleo y cuando llegábamos al bar, yo como una más del grupo, me sentía como privada de mi dignidad como persona (todo el mundo allí sabía de donde veníamos).

También me sentí así cuando al llegar y deshacer la maleta me miraron que llevaba dentro como si yo fuera una delincuente, o cuando pedía alguna explicación y no me la daban.

Cuando se va acercando el momento de marcharte, quieres irte, pero “¿y ahora qué? ¿qué va a pasar? ¿con qué me encontraré allí fuera?

Has visto publicidad en la revistas, en la TV. pero ya no piensas desde hace tiempo en el alcohol, tienes otras cosas que te ocupan la mente.

Nadie quería que me marchara. Un hombre ingresado también por alcoholismo me asustaba diciendo que no lo soportaría, que es muy duro salir a la calle y ver como los demás beben, que recaería.
También la gerencia del centro me desanimaba para que yo no me fuera, sólo los médicos me dijeron que sí, que ya me veían bien pero que el alta me la tenía que dar el psiquiatra.

Y cuando hablé con él me dio el alta pero me hicieron poner una inyección de “Antabus” para asegurarse y dejé que me la pusieran para que me dejasen en paz y perder aquel lugar de vista.

Pregunta: ¿Y cuándo ya te vas a tu casa por fin?.

Respuesta: Cuando llegué a casa, en mi caso mis padres se pusieron muy contentos, lo habían pasado muy mal, y no imaginaban que algo así me pudiera ocurrir a mí. Mi marido estaba muy frío. Yo estaba muy contenta de haberlo superado y salir de aquel lugar y creía que él estaría feliz también… pero no, él tenía miedo, no sabía que hacer en esa situación, no sabía cuales serían mis reacciones, y estaba a la defensiva.

Yo lo entiendo pero esto me hizo mucho daño aunque intenté disimular, no sé si con éxito o no.

Yo ya no bebía y me sentía igual de poca cosa que antes o peor porque esto ya no se borra. Tan ínfima, y además decepcionada.

Tenía que enfrentarme a los demás y les tenía miedo.

¿Cómo iba a volver a trabajar? ¿Sería capaz de tener una vida “normal”? ¿Seguiría dejando que las situaciones que me habían llevado allí siguieran ocurriendo?.

Pregunta: ¿Cómo y cuándo empezaste a tener problemas con la bebida?

Respuesta: El proceso por el que llegué ahí fue bastante complicado, pero sobre todo por exceso de horas de trabajo y de implicación en el mismo.

Antes bebía normal, durante los embarazos no bebí, así que la cosa se complicó después y progresivamente.

Cada vez que reñía con mi pareja, me sentía frustrada o con exceso de trabajo, bebía como para salir de ello, no enterarme, o porque no sabía realmente como salir.

El problema se fue agravando progresivamente en los últimos 8 años más o menos (cuando estás así ni tú misma quieres saber cuanto bebes ni cuando empezó el problema, además de que no es regular, pasas épocas “buenas” y vuelves a recaer, con lo cual te resulta difícil saber realmente los datos exactos).

Pero lo que sí ocurre es que vas aumentando la tolerancia, la gente no se da cuenta hasta que ya estás muy pasada. Nunca bebes en exceso delante de los demás, pero tu cuerpo y tu cerebro sí lo saben y lo sienten. Ahora ya lo necesitaba y ahí empiezas a hacer lo que nunca has hecho, disimular, mentir, y lo peor, a esconder botellas en las partes más insólitas de la casa.

Estás enloquecida con el alcohol, sólo estás tranquila si sabes que no te va a faltar.

Cuando bebes te encuentras mejor y si no, empiezan los malditos temblores en las manos, en las mejillas, las palpitaciones…

Piensas que la gente se dará cuenta y tratas de disimular y cuanto más te importan más todavía. No te acercas a nadie por el aliento y porque desconfías de ti, y se pronuncia el miedo a la gente, a salir a la calle.

Llega la noche y te sientes triste, inquieta y sin saber qué hacer para aliviar tu estado. Dormir si puedes y que pase, pero ¿pasará?.

Te vas haciendo cada vez más retraída y buscas excusas para encontrar a tu “amiga”, que te hará parar los temblores y te hace sentir “bien”.

A lo largo del día te vas pasando y notas los efectos de lo que ahora es tu “enemiga” porque ahora te odias por ello, percibes que no eres “normal” y te consideras un deshecho que no sirve para nada, sólo para molestar y fastidiar la vida de los demás.

Observas tu destrucción o la intuyes porque no quieres mirarte al espejo. Eso da pánico.

Te has vuelto horrorosamente fea, con 10 años más, tu barriga está hinchada, tu aspecto no puede ser peor, nunca te habías visto así. Te das asco y piensas que a los demás también. Y no te estás equivocando mucho.

El deterioro es cada vez mayor, más lapsus, mas cansancio, no mides las distancias, a veces hablas excesivamente… Tu estómago cada vez está peor, y aún así sigues hasta un límite en que estás pisando la raya y tu marido te dice que no puede seguir así, que no soporta tu destrucción, que si no se hace algo ya no aguanta más.

A partir de ahí lo que te conté antes.

En el camino, broncas por los niños, la limpieza, la administración de la casa, cualquier cosa vale. Muchas veces con razón, otras no, pero en cualquier caso de forma desproporcionada completamente.

Después de salir de la clínica -dice, siguiendo el relato- y con gran desconfianza por parte de mi marido al principio, permanecí abstemia a pesar de no querer ponerme más el Antabus.
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Aprendí a beber otras cosas como zumos, refrescos y agua, también agua.

Hice mucho esfuerzo y conseguí volver al trabajo y me fue bien. Al poco tiempo y como soy muy inquieta empecé a ir a clases de inglés, a hacer cursillos, es decir, a reanudar poco a poco lo que tenía costumbre de hacer desde hacía mucho tiempo. El fallo fue que el curso de inglés suponía un examen y yo me lo tomo todo demasiado en serio. Aún así, durante dos años todo fue normalizándose poco a poco tanto la relación con mi marido como con mis hijos, el trabajo y mis actividades.

Y volví a cometer el mismo error, a ir aumentando el trabajo, el ritmo de estudio, a acostarme tarde, a no tener ganas de salir porque siempre había algo que “tenía que hacer preciso”. En fin, a olvidarme de mi misma, del ocio, de relajarme, de estar con la familia, y empecé a beber otra vez.

Primero era una bebida controlada pero poco a poco fue aumentando hasta volverse incontrolada. Cuanta más presión tengo más bebo y cuanto más bebo creo que más me presiono. Ya había caído otra vez.

Mi marido se dio cuenta enseguida y yo afortunadamente no tardé mucho en aceptar que era cierto, que ya me había pasado otra vez.

No llegué a ningún extremo, vi que no podía seguir así y tenía pánico a volver a la clínica así que puse una fecha para dejarlo.

Mi marido me perseguía mirando si tenía algo escondido y me decía que no soportaría otra vez lo mismo. Estaban todos con malhumor y la rabia contra mi se iba apoderando de ellos.

Durante el tiempo que estuve abstemia no se podía tocar el tema porque su dolor se transformaba en rabia y reproches contra mi comportamiento durante el periodo último antes de ingresar en la clínica.

Pedí ayuda pero a la primera no lo conseguí y a la semana siguiente hice otro intento y esta vez si que lo conseguí.

Otra vez a pasar por ese sudor que empapa toda la cama cuando estás durmiendo y que huele a alcohol, a dormir inquieta incluso con tranquilizantes, a los temblores, el decaimiento y luego las pesadillas.

Ahora hace ya tres semanas que no bebo, he recuperado uno de los tres kilos que ya había perdido.

Esta vez no fue ni la mitad de grave, pero llueve sobre mojado y esto deja cicatrices cada vez, en los demás y en mí.

Necesito saber cuidar de mí para que esto no ocurra, aunque sé que mi marido y mis hijos siempre llevarán la marca de lo que ha ocurrido.

Me miran con miedo. Sé que lo perdonan pero el dolor y la rabia están ahí.

Me gustaría poder borrarlo pero sólo puedo pelear por lo que vendrá, no puedo hacer nada con lo que ya ha ocurrido. Y no me fío de mi misma. Me siento deprimida, decepcionada y yo también tengo miedo. Quiero ser “normal”.

4- Análisis

Efectivamente esta mujer ha recaído y al poco tiempo me explica que ése es el verdadero motivo por el que viene a la consulta. Quiere aprender a vivir y prevenir posibles recaídas.

Esto es algo previsible y normal puesto que hasta que no pasan unos 10 años, más o menos, el riesgo de recaídas está ahí, pero es importante que se reconozca para que éstas sean cada vez más débiles y lejanas en el tiempo hasta la curación completa.

Mientras ocurrió lo explicado anteriormente, uno de sus hijos perdió el curso mientras ella estaba ingresada, porque no iba a clase, no podía estudiar y pasaba mucho tiempo llorando. El otro hijo se encerró en sí mismo y no quería hablar de nada relacionado con el tema. Salía con los amigos y se apartaba de esta situación insoportable para él.

Esto pasó, pero el miedo sigue ahí y la huella les ha quedado.

En cuanto a su marido hay dos comportamientos distintos: 1) Ayuda, protección, complicidad, recoger los pedazos de la persona que quiere, llorar, incluso suplicar que se acabe ya, esperar, intentar saber cosas para ver como podía actuar, aguantar la irritabilidad, etc… 2) Pedir ayuda a otras personas, decir que no aguanta más la presencia de esa autodestrucción, sentirse impotente y ponerse “duro y frío”, muy frío, con periodos de fingida indiferencia para poder sobrevivir a esta historia.

Como bien se ve, es muy dramático cuando se enferma.

No es un “vicio”, insisto en que es una enfermedad. Afecta a toda la familia, y el primer paso es reconocer el problema y que también los demás entiendan, para que la curación sea posible. Si esta situación se hubiera prolongado, la desestructuración y ruptura de la familia hubiera sido inminente.

Nadie gana con esta historia, y aún cuando hay cariño es difícil de superar.

La irritabilidad, la poca paciencia, etc., no es algo que busca la persona, ni es porque quiere hacer daño. Sólo intenta defenderse y es un síntoma de desesperación, pero si de verdad pide ayuda, creo que merece esa oportunidad y sobre todo que no se vea el resto de su vida como un ser horrible rechazable y que se intente esconder.

El miedo es muy angustioso, y vivir con miedo a los demás es, francamente, una experiencia que debemos intentar evitar a los demás si existe una sola oportunidad de que se recupere la persona en sí.

Al analizar este caso vemos que se cumple el círculo o la rueda del cambio (Miller y Rollnick, 1999).

Existe una fase precontemplativa, en la que no se ve la intención de cambio (es cuando miente, minimiza y esconde las botellas), la fase contemplativa en la que se empieza a valorar la posibilidad de cambio (cuando ella empieza a sentirse amenazada y teme perder el trabajo, la familia y que la gente se dé cuenta definitivamente), la fase de acción, en la que se produce el cambio (la primera vez con su internamiento en la clínica y la segunda en su propia casa), una fase de mantenimiento (los dos años de mantenerse abstemia) y recaída que nos vuelve a llevar al principio. (Bases biológicas, diagnóstico y tratamiento del alcoholismo. Mercé Balcello-Oliveró, Neus Freixa Fontanals y Antoni Gual Solé. Unitat d´Alcohologia de la Generalitat IMD. Hospital Clínic de Barcelona)

También vemos que al pedir ayuda y aceptar más rápidamente el problema, da un paso adelante y muy importante en la posibilidad de cambio, que hace que la recaída sea menos grave y posibilita una mayor probabilidad de curación.

Existe una comorbilidad entre alcoholismo y ansiedad, además de rasgos de perfeccionismo. El alcohol le genera durante su dependencia una gran frustración y, posteriormente, se añade un gran sentimiento de culpa que permanece incluso cuando permanece abstinente.

Vemos también que el alcohol le baja la autoestima sobre todo después de un episodio de embriaguez en el que no recuerda lo ocurrido pero imagina lo que pudo ser o quien la pudo ver en este estado y que persiste por supuesto en la abstinencia (vergüenza de sí misma, de su comportamiento), le produce desconfianza en sí misma y en los demás, y tristeza al terminar el periodo de desintoxicación.

Sin embargo el pronóstico es favorable debido a varios factores: está casada y tiene hijos, tiene un buen apoyo y cohesión familiar anterior, un buen trabajo, hobbies, está motivada para el cambio y está aprendiendo a pedir ayuda antes de que la situación se transforme en algo más complejo y difícil.
Esta es una historia benigna dentro de los estragos que puede causar el alcoholismo.

Con este caso podemos constatar que:

El alcoholismo causa mucho dolor y que salir de él presupone, en gran medida, una buena motivación por parte de la persona afectada y un gran apoyo y dosis de paciencia de la familia que lo sufre e incluso los amigos. Y cerrar las cicatrices que dejó, mucho cariño y confianza de todos los implicados.

Carmen Rausell Iglesias
Psicóloga cognitivo-conductual

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