Análisis del concepto “Dependencia Emocional” 2


ANÁLISIS DEL CONCEPTO “DEPENDENCIA EMOCIONAL”

(continuación)

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4.- HIPÓTESIS ETIOLÓGICAS.

Como se indica en el mismo epígrafe, los factores etiopatogénicos expuestos en este capítulo son de naturaleza hipotética; ahora bien, poseen una incuestionable base empírica fruto de la investigación de los conceptos afines revisados, los trabajos efectuados con estos pacientes desde determinadas corrientes psicodinámicas, y la experiencia clínica.


ANÁLISIS DEL CONCEPTO “DEPENDENCIA EMOCIONAL” (continuación)

Factores causales

A efectos de claridad expositiva, se dividirá este apartado en tres subapartados. Los dos primeros tratarán de explicar el origen de la dependencia emocional desde el punto de vista que se sostiene en el presente trabajo. En el tercer subapartado se expondrán de forma crítica y comparativa los planteamientos psicodinámicos más influyentes, por tratarse de la corriente psicológica más preocupada en el estudio de estos pacientes.

Puede llamar la atención la no inclusión de factores genéticos dentro de los causales. Actualmente se considera obsoleto cualquier posicionamiento extremista genético vs. ambiental, abogándose por una concepción interaccionista del ser humano en la que el patrimonio genético y el entorno se afectan recíprocamente. Un ejemplo indiscutible de la naturaleza interactiva genético-ambiental del ser humano es la inteligencia. Desde este trabajo se suscribe en su totalidad este posicionamiento, siendo el único motivo de la mencionada exclusión la falta de información al respecto en la literatura científica actual. Igualmente, y debido a la propia naturaleza de nuestro objeto de estudio, se considera que los factores ambientales son condición necesaria para el desarrollo de la dependencia emocional.

1) Carencias afectivas tempranas.

dependencia-emocional2De acuerdo con Millon y Davis(25) y multitud de autores y corrientes psicológicas, las experiencias tempranas juegan un papel trascendental en la constitución psicobiológica del individuo. Con el paso de los años, las experiencias posteriores se asimilarán fundamentándose en las iniciales, y a su vez el sujeto se acomodará adaptativamente a dicha información reciente. El concepto de “esquema”, creado por la psicología cognitiva, da cuenta de este intercambio recíproco entre información pretérita y reciente. Un esquema es un patrón interiorizado fruto de experiencias iniciales, que sirve de base para el aprendizaje de las posteriores y que es susceptible de modificación por éstas. Como veremos cuando expongamos los factores mantenedores, se ha extendido la utilización de los “esquemas” al ámbito afectivo e interpersonal(40).

¿Cómo han sido estas primeras experiencias afectivas en los dependientes emocionales? Podríamos etiquetarlas como frustrantes, insatisfactorias, frías, menospreciadoras, etc., y sólo tendríamos una remota idea de lo que significa para estos sujetos no ser adecuadamente queridos y valorados por sus personas significativas, aunque lo anhelaran con todas sus fuerzas. En cualquier caso, su existencia torturada y las profundas necesidades emocionales que no dudan en exteriorizar, nos sirven para aproximarnos a sus sentimientos y a su historia. Consecuentemente, estas primeras experiencias han ido conformando esquemas cognitivos y emocionales como el pobre autoconcepto, la idealización de los objetos, la búsqueda de las necesidades insatisfechas en dichos objetos, la sumisión como estrategia -coherente con la baja autoestima- para evitar el abandono, la idea de amor como apego obsesivo y admiración en lugar de como un intercambio recíproco de afecto, etc.

En los estudios sobre los conceptos afines revisados, se llega a las mismas conclusiones sobre la naturaleza de estas carencias afectivas tempranas. Refiriéndose al apego ansioso, Rutter(5) afirma que éste es mayor cuando las relaciones previas con el objeto apegado son perturbadoras e insatisfactorias. Por ejemplo, la repulsión y los rechazos maternos hacen incrementar y no disminuir la conducta de apego, y la ansiedad tras una separación es mayor si la relación precedente es negativa. En este mismo sentido pero dentro de su particular marco teórico, Bowlby2 considera que una “base segura” en la niñez, entendida como la presencia y accesibilidad de figuras adultas, es condición básica para la autoestima y autoconfianza. En sus trabajos sobre la adicción al amor, Schaeffer(33) manifiesta que estas personas tratan de cubrir con su dependencia necesidades insatisfechas durante su infancia. Finalmente, diversos estudios sobre las experiencias vitales tempranas de las personas autodestructivas llegan a las mismas conclusiones: Williams y Schill(21) informaron que la crianza de dichas personas fue descrita por ellas mismas como ambivalente, fría y rechazante; y Glickauf-Hugues y Wells(24) aseveran que el ambiente de su niñez fue errático y frustrante.

2) Mantenimiento de la vinculación.

Con lo expuesto hasta el momento, se puede objetar que dichas carencias afectivas no son exclusivas de los dependientes emocionales, y que las podemos encontrar incluso más graves y con existencia de abusos de todo tipo en la historia de pacientes límite y antisociales. Quizá llama más la atención la ostensible diferencia que existe entre los dependientes emocionales y las personalidades antisociales, y es que los primeros mantienen su capacidad para vincularse con los demás, mientras que los segundos la tienen gravemente menoscabada.

Vamos a intentar explicar el porqué de esta diferencia, dejando de lado la incuestionable influencia de factores biológicos, socioculturales y de aprendizaje que se produce en el comportamiento antisocial. Comenzaremos apoyándonos en un concepto de la teoría de Bowlby: el desapego(1),(2). Éste se produce en los niños cuando se reencuentran con el padre o la madre después de una separación significativa, y consiste en un comportamiento activo de rechazo, acompañado de sentimientos de rencor, disgusto y desprecio. Dependiendo de la intensidad de la mencionada separación -y de la calidad de la relación previa, añadimos nosotros-, el desapego durará más o menos tiempo.

Lo que este concepto de Bowlby nos indica es que los vínculos tempranos con los padres u otras personas significativas se pueden romper temporal e incluso permanentemente, y que esta ruptura está acompañada de una profunda ira. Matizando la naturaleza de dicha ruptura, insistimos en que no es imprescindible una separación para que se produzca el desapego, puede existir presencia física pero no emocional de los padres, por no hablar de negligencia, malos tratos, etc. La desvinculación -entendiendo “vinculación” y “desvinculación” como los dos extremos de un continuo-, que es como preferimos denominar a este fenómeno para incidir en su esencia afectiva, y la agresividad consiguiente, pueden quedar grabadas constituyéndose como esquemas prioritarios de relación interpersonal. Sin duda alguna esto es lo que sucede con las personalidades antisociales, y lo que explicaría su insensibilidad hacia los demás, su prepotencia y la rabia descomunal que esconden y por desgracia muchas veces manifiestan.

Abundando sobre esta cuestión, Rutter(5) afirma con apoyo empírico que las personalidades antisociales tienen una historia característica de ruptura de vínculos previamente formados, por pobres e inestables que éstos fueran. Añade que los psicópatas presentan una peculiaridad adicional, y es que nunca han tenido las condiciones adecuadas para poder formar vínculos, ni siquiera insatisfactorios y patológicos como en los caracteres antisociales. Aludiendo al fenómeno de la psicopatía, especula sobre posibles periodos críticos para la formación de vínculos, tema que excede los fines del presente trabajo.

Si las personas antisociales han conseguido desvincularse en mayor o menor medida, ¿por qué los dependientes emocionales no lo han hecho? En principio, parece que la gravedad de las carencias afectivas no ha sido tan pronunciada. De hecho, los adjetivos que hemos utilizado en el subapartado anterior refiriéndonos a sus experiencias tempranas han sido “frías”, “rechazantes”, “ambivalentes” o “erráticas”. Además, las familias de origen no están tan desestructuradas, prueba de ello es que no son comunes los abandonos graves, las negligencias, los abusos sexuales, físicos, etc. De esto deducimos que la desvinculación que se produce en las personas antisociales es fruto de lo peculiar de su entorno, de sus experiencias adversas, y de sus vínculos tan frágiles y precarios, y hasta podemos calificarla de reacción adaptativa, al menos mientras se producen dichas condiciones. Sin embargo, los dependientes emocionales han mantenido la vinculación, aun siendo insatisfactoria.

Al margen de no haber sufrido unas experiencias tan terribles, un segundo factor que juega en contra de la desvinculación es la baja autoestima. A veces tratamos con pacientes que, después de estar hundidos por una frustración emocional -por ejemplo, un desengaño amoroso-, recuperan su autoestima e inmediatamente incrementan su desvinculación, acompañada de rencor y desprecio. Es como si el sustento en uno mismo hiciera falta para ser capaz de separarse emocionalmente de los demás -cabría añadir que la desvinculación potencia a su vez la autoestima, ya que ésta se hace más independiente y no precisa tanto del soporte afectivo de los demás-; pero para esto es imprescindible poseer una autoestima con un mínimo de consistencia, hecho que no sucede en los dependientes emocionales.

Así, sugerimos que las experiencias afectivas tempranas de los dependientes emocionales no son lo suficientemente negativas como para provocar una desvinculación severa; ni lo suficientemente positivas como para posibilitar una autoestima mínimamente consistente. Desde siempre, mantienen sus vínculos hacia personas insatisfactorias emocionalmente.

3) Perspectivas psicodinámicas: exposición y crítica.

Los dependientes emocionales aparecen con mucha frecuencia en la literatura psicoanalítica desde su inicio, adoptando distintas formas o denominaciones: “personalidad masoquista”, “perturbación narcisista”, “self fragmentado”, etc. En este subapartado nos centraremos únicamente en las corrientes más ambientalistas dentro del psicoanálisis, que son la escuela británica de las relaciones objetales (Fairbairn, Winnicott, Guntrip, Balint, etc.) y la psicología del self (Kohut). Por considerarlos menos interesantes, no se tratarán postulados psicoanalíticos clásicos sobre este tema como la noción de un masoquismo primario, o como la hipótesis de un superyó tiránico que conduce al sujeto a una necesidad constante de castigo; igualmente, se obviarán las especulaciones kleinianas como la introyección de pulsiones destructivas dirigidas hacia los objetos, o la teoría de M.Mahler sobre conflictos en la separación-individuación.

A medio camino entre los planteamientos más clásicos y la teoría kleiniana, D.W.Winnicott fue uno de los primeros analistas que aceptó la decisiva influencia de la presencia y afecto paternos en las fases más tempranas del sujeto(41). Las “relaciones objetales” (o relaciones interpersonales, si no utilizamos terminología psicoanalítica) de las que hablaba eran reales, y no sólo fantaseadas como propugnaba M.Klein. De esta manera, consideraba condición etiológica básica la falta de un “ambiente facilitador” o “entorno suficientemente bueno”, en el que la madre ejerciera su función de “sostén” (holding), entendido en sus dos vertientes de protección y de afecto(42). Una segunda contribución de Winnicott muy relacionada con nuestras hipótesis etiológicas es su descripción de “la capacidad para estar solo”, requisito necesario para el establecimiento de la autoestima y de unas relaciones emocionales sanas. Según el citado autor, esta capacidad se adquiere por la internalización de la función de sostén materna, de tal forma que “la capacidad para estar solo se basa en la experiencia de estar solo en presencia de alguien”(42), es decir, estar solo pero al mismo tiempo acompañado de objetos interiorizados gratificantes. Nosotros añadimos que lo contrario ocurre, por ejemplo, con los dependientes emocionales: cuando están solos no están acompañados, sino que sienten con más intensidad su vacío y su necesidad.

Perteneciente también al grupo británico de las relaciones objetales, M.Balint estudió a pacientes cuyos problemas no correspondían al ámbito edípico, claro foco de atención del psicoanálisis freudiano, sino al de “la falta básica”. Muy acertadamente, y desmarcándose de los posicionamientos más ortodoxos, no calificó este periodo como de “preedípico” o “pregenital” con tal de enfatizar su componente afectivo-interpersonal. Este autor afirmaba que existían pacientes con graves perturbaciones emocionales que habían carecido en sus primeros años de vida de relaciones objetales reales gratificantes, y que la esencia de su patología no era el conflicto, como sucede según estos planteamientos en las psiconeurosis, sino una falta, la “falta básica”(41). Estos pacientes sufrían en su tratamiento una “regresión maligna”, que les provocaba una avidez descomunal de afecto, un deseo de fusión con el analista para que cubriera su falta, reacciones de cólera y desesperación si no se satisfacían sus anhelos, etc.(43). La similitud de estos fenómenos transferenciales con las pautas de interacción propias de los dependientes emocionales es evidente.

El gran mérito del grupo británico de las relaciones objetales es acentuar el papel patógeno de las carencias afectivas y de las experiencias adversas tempranas, es decir, adoptar una postura con mayor carga ambientalista que la propugnada por Freud o sobre todo M.Klein. La crítica que se puede efectuar es que no profundizan lo suficiente en estos fenómenos, ni sistematizan sus hallazgos. Por ejemplo, Winnicott afirma que la carencia de un ambiente lo suficientemente bueno puede provocar psicosis o psicopatía, pero no detalla ni cómo ni por qué sólo se producirían estas dos condiciones patológicas, o cuándo se daría una y cuándo la otra. Balint no efectúa una descripción exhaustiva de los pacientes con “falta básica”, ni relata con el suficiente detalle sus historias obtenidas mediante el psicoanálisis. Por otra parte, aunque estamos totalmente de acuerdo en el papel patógeno fundamental de las carencias tempranas, señalamos igualmente que los determinantes de la dependencia emocional -en este caso, aunque podríamos generalizar a otros trastornos- no se limitan a ese periodo, sino que continúan en fases posteriores como la niñez y la adolescencia, y por desgracia se perpetúan en la adultez, como veremos en el apartado sobre “factores mantenedores”.

Continuando con nuestra revisión, surge a principios de la década de los 70 una nueva corriente dentro del psicoanálisis: la psicología del self(41). Su creador, H.Kohut(37),(38),(44) elaboró una teoría que acabaría subordinando los postulados clásicos del complejo de Edipo, la regresión o los conflictos, a los suyos propios fundamentados en la constitución del narcisismo. Este autor afirmaba que para la adquisición de un narcisismo o autoestima saludable es necesaria la intervención real de los padres o personas significativas al cuidado del niño, llamadas por él “objetos del self”. Esta denominación nos indica el carácter constitutivo que para Kohut tienen las personas más significativas durante la infancia, en tanto son objetos imprescindibles para el desarrollo del self o individuo. Dichos objetos deben poseer la suficiente empatía como para advertir las necesidades del niño y sus deseos de ser elogiado cada vez que logra un avance en su desarrollo, o de ser aplaudido cuando sonríe o hace una gracia, es decir, tienen que cumplir una función especular que alimente su incipiente narcisismo y sus fantasías de omnipotencia infantiles. Al mismo tiempo, deben servir de modelos a seguir para que el niño les admire, cumpliendo así su función idealizadora. Estas dos funciones de los objetos del self las incorpora el niño mediante el proceso de “internalización transmutadora”, que posibilita la adquisición de un narcisismo equilibrado, y, por tanto, de una estructura del self cohesionada y normal.

Ahora bien, ¿qué es lo que sucede cuando los objetos del self no cumplen adecuadamente con alguna de estas dos funciones? La respuesta es que se generan condiciones patológicas en el área narcisista de la personalidad, o dicho de otra manera, “perturbaciones narcisistas”. Kohut las atribuye a la falta de empatía de los padres o personas significativas a cargo del niño, con su consiguiente desequilibrio entre las necesidades frustradas de éste: idealización o grandiosidad. Simplificando, podemos aseverar basándonos en la teoría del citado autor que el deseo insatisfecho de grandiosidad, que debería haber sido cubierto por la especularidad de los objetos del self, conduce a lo que ahora denominamos “trastorno narcisista de la personalidad”, o sea, autoestima exagerada, deseo de alabanzas, ausencia de empatía e hipersensibilidad a la crítica. Aquí, en palabras del autor, el sujeto estaría “hambriento de espejo”, buscando continuamente personas que le admiren como no hicieron sus objetos del self. Por otra parte, el deseo insatisfecho de idealización produciría un cuadro clínico similar al que hemos definido en el presente artículo para la dependencia emocional: depresión difusa, autoestima muy baja, deseos de agradar, vulnerabilidad ante las críticas, sensación de vacío, anhelo profundo de interés y afecto por parte de los demás, graves perturbaciones en caso de rupturas sentimentales, etc. En “Análisis del self”(37), Kohut describe un caso de estas características, en el que el sujeto (el Sr. A) está “hambriento de ideal”.

Por tratar el tema que nos ocupa, profundizaremos en este segundo tipo de perturbaciones narcisistas descrito por Kohut. Estas personas desarrollan en su análisis una “transferencia idealizadora”, es decir, que siguen con su terapeuta los mismos patrones de interacción que con sus objetos más significativos (observaremos que Balint llegó a la misma conclusión cuando se refirió a la “regresión maligna”). El origen de esta perturbación narcisista se fundamenta en que los objetos del self no han cumplido adecuadamente su función idealizadora, es decir, estos sujetos no han tenido unos padres susceptibles de modelo y admiración, ya sea por fracasos o por cualquier tipo de desilusión con respecto a ellos. En consecuencia, su self se verá profundamente alterado, apareciendo la baja autoestima y la búsqueda en la adultez de objetos del self que compensen las necesidades frustradas de idealización.

¿Qué paralelismos encontramos entre las características e hipótesis etiológicas de la dependencia emocional, expuestas en el presente artículo, con la teoría de Kohut? Sin duda alguna, muchos. En primer lugar, se confiere una importancia trascendental al papel de los padres o personas significativas en el desarrollo emocional de los individuos. Los objetos del self deben ejercer adecuadamente sus funciones, de lo contrario no se internalizarían y no se constituirían estructuras sanas y cohesionadas en el individuo. La psicología del self es claramente interactiva en su concepto del ser humano, y habla de carencias ambientales en fases tempranas de la misma forma que se hace en el presente trabajo. En segundo lugar, se subraya la influencia que ejerce la baja autoestima en la génesis y mantenimiento de este tipo de trastornos -dependencia emocional y perturbación narcisista por falta de idealización-. En tercer lugar, se señala en ambas descripciones el papel central que ejerce la idealización en la elección de objeto de estos pacientes. Por último, se incide en que en la vida adulta otras personas deben cubrir las carencias tempranas a las que nos hemos referido, que serían de naturaleza afectiva en nuestras hipótesis sobre la dependencia emocional, y de falta de objetos a los que admirar en la teoría de Kohut sobre este tipo concreto de perturbación narcisista.

¿Cuáles serían, entonces, las diferencias? Como acabamos de indicar, y al margen de que tampoco hay referencias a la existencia de factores mantenedores, residirían sobre todo en la naturaleza de las carencias que habrían ocurrido en la infancia del individuo. Según Kohut, en la génesis de la perturbación narcisista por falta de idealización lo esencial estribaría en que el niño no admira a sus padres ni los toma como modelo, ya sea por haberles visto fracasar reiteradamente, o porque hayan contemplado situaciones traumáticas de humillación de estos objetos del self. Hemos afirmado que la psicología del self es interactiva, en el sentido de que considera que el sujeto se desarrolla como tal en su trato con los demás, especialmente con sus personas más significativas. No obstante, dicha interacción no es un intercambio afectivo, sino una especie de potenciación del narcisismo del niño a base de elogios y de tomar a los padres como ideales. No cabe duda de que esto es importante, pero se echan a faltar en el citado autor los componentes básicos de cualquier vínculo afectivo, que se basa en la reciprocidad, en la preocupación por la otra persona, en su cuidado, en las alegrías y en las penas compartidas, en la identificación mutua; en definitiva, en su naturaleza bidireccional. Incluso el vínculo afectivo de un padre con su hijo pequeño es también recíproco, y no se basa únicamente en inflar su ego lanzándole piropos, o en servirle de modelo. La psicología del self es interactiva, pero unidireccional, porque parece que los objetos del self sólo tienen como función potenciar y consolidar el narcisismo infantil, y es mucho más que eso. Los dependientes emocionales sienten que les falta autoestima, pero también les falta afecto, aunque el origen de ambas carencias sea común.

Factores mantenedores

De la misma manera que no profundizamos antes en los factores genéticos, tampoco lo haremos ahora en los biológicos para explicar el mantenimiento del trastorno. De ninguna manera esto significa que no se reconozca su papel: es evidente que la interacción entre los citados factores genéticos y los ambientales debe tener su correlato en diversas estructuras y funciones psicobiológicas. Por ejemplo, a causa de la mencionada depresión clínica y subclínica que sufren estos pacientes, deberán producirse disfunciones en los sistemas de neurotransmisión serotoninérgico y noradrenérgico, que, como es lógico, consolidan y mantienen la dependencia emocional.

En otro ámbito, siguiendo la línea propuesta por T.Millon(25), consideramos que en fases posteriores a la infancia y la niñez se consolidan los rasgos de personalidad, sean éstos sanos o disfuncionales, mediante lo que podríamos denominar “procesos de autoperpetuación”. Los esquemas interpersonales(40) o pautas de relación adquiridas serían los principales responsables de que el trastorno se perpetuara por sí mismo en fases posteriores de la vida del sujeto. Recordemos que los dependientes emocionales parten de una base de baja autoestima, necesidad descomunal de afecto, adhesión excesiva hacia las personas significativas, y elección de objeto fundamentada en la idealización y la sumisión. Todo esto configura las pautas relacionales que estos sujetos utilizarán con cada nueva interacción.

Al igual que en la mayoría de personas, en los dependientes emocionales estos esquemas de relación adquiridos se perpetúan o alimentan a sí mismos. Sintetizando, podemos afirmar que este mantenimiento se produce por las respuestas o reacciones complementarias(40) de las personas con las que interactúan. Dentro del tema que nos ocupa, pensemos en un dependiente emocional, con todas las características citadas anteriormente, que se relaciona con una persona que pudiéramos calificar de “normal”. Dicha persona acabaría rechazando de una manera más o menos manifiesta al dependiente, por su baja autoestima (no es agradable tratar con personas que se quieren y respetan poco) y por el agobio que generarían sus deseos de acceso constante y de exclusividad en la relación. Esto, a su vez, reforzaría la mencionada baja autoestima y los deseos emocionales.

Imaginemos ahora que intenta relacionarse con una persona narcisista y explotadora, carácter que, como hemos visto, cumple adecuadamente con los requisitos de idealización del objeto. La interacción duraría mucho más tiempo, porque el narcisista sí encuentra atrayente una persona que le admira y que se somete continuamente. Esto también reforzaría las pautas de relación del dependiente emocional, porque minaría todavía más su ya pobre autoestima, incrementaría su tendencia a la idealización y la sumisión, y no cubriría adecuadamente sus necesidades emocionales porque una persona narcisista no podría proporcionarle el afecto genuino que realmente necesita.

5.- CONSIDERACIONES DIAGNÓSTICAS.

En este capítulo revisaremos las opciones diagnósticas para la dependencia emocional que nos ofrecen los sistemas actuales de clasificación psicopatológica, concretamente el DSM-IV(45).

  • Trastorno depresivo con síntomas atípicos.

La especificación de “síntomas atípicos” en los trastornos depresivos (por ejemplo, trastorno depresivo mayor o distimia) viene acompañada de un criterio diagnóstico en forma de rasgo de personalidad: “patrón de larga duración de sensibilidad al rechazo interpersonal, no limitado a episodios de alteración del estado de ánimo, que provoca un deterioro social o laboral significativo”(45). Igualmente, se precisa de la existencia de anhedonía parcial, pudiendo ocurrir una reactivación del estado anímico ante determinados eventos, generalmente interpersonales. Por otra parte, suelen tener un inicio temprano y un curso más crónico sin recuperación interepisódica total, lo que indica que existen permanentemente síntomas depresivos clínicos y subclínicos. Es de señalar que todas estas características coinciden con nuestra concepción de la dependencia emocional. Se presentarían dos inconvenientes: no se podría diagnosticar un trastorno depresivo si el dependiente emocional estuviera asintomático, y la especificación de síntomas atípicos requiere también la presencia de al menos uno de los siguientes fenómenos: hipersomnia, hiperfagia o abatimiento corporal.

  • Trastorno del control de los impulsos no especificado.

Sería la categoría diagnóstica elegida para dar cuenta del concepto ya explicado de “adicción al amor”, por lo que nos remitimos al capítulo correspondiente. Reiteramos que al tratarse de un trastorno del Eje I no podríamos utilizarlo cuando el sujeto estuviera asintomático, en este caso cuando no estuviera involucrado en una relación adictiva.

  • Trastorno autodestructivo de la personalidad.

Aunque no figura en el DSM-IV, sí se efectúa una propuesta de inclusión en el apéndice del DSM-III-R. Si incluimos aquí esta malograda categoría diagnóstica es porque para muchos profesionales de la salud mental tiene validez, y porque su definición se solapa en gran medida con la dependencia emocional, como hemos indicado también más arriba. En definitiva, sería actualmente la opción más válida dentro del Eje II, si exceptuamos la propuesta que a continuación efectuaremos.

Diagnóstico diferencial

La dependencia emocional debe distinguirse de dos trastornos de la personalidad con los que puede existir confusión:

  • Trastorno de la personalidad por dependencia.

Aparentemente, y no sólo por el término común “dependencia”, existen paralelismos entre ambos cuadros: excesivo aferramiento interpersonal, sumisión, ansiedad de separación, descompensaciones en caso de rupturas, etc. Pero se da una diferencia que desde nuestro punto de vista es fundamental, y que reside en la naturaleza de la referida dependencia. Como hemos señalado, en nuestro objeto de estudio la necesidad es emocional, está basada en un anhelo irresistible de ser querido, escuchado o atendido, y de tener alguien al lado al que adorar que proporcione el ansiado suministro afectivo, suministro que por otro lado el propio sujeto no se da a sí mismo.

En el trastorno de la personalidad por dependencia, la naturaleza de ésta es principalmente de cuidado y protección. El sujeto necesita a los demás para que tomen las decisiones por él, para que asuman responsabilidades que le corresponden, para que le aconsejen continuamente sobre la más mínima dificultad que se presente, etc. Es como un “niño adulto” que no sabe conducirse ante la vida, y que para conseguirlo adopta un comportamiento interpersonal similar al del dependiente emocional, pero con una motivación subyacente y un carácter muy diferentes. Millon y Davis(25) señalan como historia característica en estos pacientes la excesiva sobreprotección parental, condición etiológica radicalmente diferente a la expuesta en el presente trabajo para la dependencia emocional.

  • Trastorno límite de la personalidad.

En estos pacientes sí aparece con claridad la dependencia emocional, sólo que alternada con periodos totalmente opuestos en los que son más autónomos y agresivos. Se produce “un patrón de relaciones interpersonales inestables e intensas caracterizado por la alternancia entre los extremos de idealización y devaluación”(45), fenómeno que podríamos denominar “oscilación vinculatoria” y que en absoluto es exclusivo de los pacientes límite, si exceptuamos la notable intensidad con la que dichos pacientes establecen y luego rompen sus lazos afectivos, transitando entre periodos de gran vinculación y de tremenda desvinculación.

Además, en los dependientes emocionales tampoco se producen inestabilidades clínicamente significativas en el estado de ánimo o en la identidad.

Propuesta diagnóstica

Sobre la base de todo lo expuesto en el presente artículo, y siguiendo los criterios diagnósticos generales para los trastornos de personalidad(45), podemos afirmar que la dependencia emocional cumple con todos los requisitos: afecta la cognición, la afectividad, la actividad interpersonal y el control de los impulsos; es persistente, inflexible y abarca numerosas situaciones personales y sociales; es de larga duración y de inicio temprano; y no se debe a otro trastorno mental, a los efectos de sustancias o a enfermedades médicas. Como en otros trastornos específicos de la personalidad, la dependencia emocional se sitúa en el extremo de un continuo basado en un rasgo adaptativo, que en este caso es la vinculación interpersonal. Así, tener cierta dependencia emocional es frecuente e incluso deseable, igual que sucede con el narcisismo, la suspicacia o la introversión.

Por tanto, efectuamos la propuesta nosológica de creación de un trastorno específico de la personalidad para la dependencia emocional. Mientras tanto, se puede utilizar la categoría residual para el Eje II “trastorno de la personalidad no especificado”, al margen de los diagnósticos que sean necesarios en el Eje I por la gran comorbilidad que presenta este cuadro.

5.- CONCLUSIONES.

El objetivo del presente artículo ha sido proporcionar a la dependencia emocional un esquema teórico y clínico propios, por considerar que los utilizados actualmente para estos pacientes, y que se corresponden con los de los conceptos afines revisados, no son enteramente satisfactorios. La propuesta diagnóstica de un trastorno específico de la personalidad tiene como fin la utilización unívoca del término y su adecuada ubicación nosológica. Finalmente, se espera que se estimule la investigación sobre este fenómeno, incluyendo ámbitos no tratados aquí como la evaluación y el tratamiento.

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Por Jorge Castelló

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