La excelencia del amor


La excelencia del Amor

Si hay una palabra que los seres humanos hemos distorsionado, malinterpretado, abusado y tergiversado, es la palabra Amor. ¿Qué es el amor? Desde tiempos inmemorables, creo que nos hemos hecho esa pregunta. Poetas, músicos, compositores, cantantes? han cantado, escrito música y letra al amor, pero ¿qué es el amor? Tamaña empresa me he propuesto al intentar definir al amor.

A mi parecer, la Primera Carta de san Pablo a los corintios, capítulo 13, versículos 4 al 8 nos da la mejor definición de lo que es el Amor. El verdadero amor. Voy a aplicarlo a la vida en pareja; especialmente a la vida matrimonial.

Mi intención no es meterme en honduras teológicas, sino simplemente analizar lo que según el citado pasaje es el Amor. Empecemos.

Primera afirmación

La primera afirmación que hace el citado texto es que “el amor es paciente”. ¿Qué es paciencia? Según el Diccionario de la lengua Española, paciencia es la “Capacidad de padecer o soportar algo sin alterarse”. “Facultad de saber esperar cuando algo se desea mucho”.

Si reflexiono sobre la primera acepción de paciencia, noto que para nada tengo esa paciencia: “capacidad de padecer o soportar algo” sin alterarme, sin desesperarme; soy impaciente. ¿Tendré la facultad de esperar algo que deseo mucho? Si soy sincero y honesto conmigo, debo decir que no tengo ninguna de las dos cualidades para esperar; ser paciente.

amor-excelenciaNo gano nada diciéndome que nadie es paciente, pues a mi modo de ver lo que hago es justificar mi impaciencia, mi defecto de carácter. Mi ingobernabilidad o falta de dominio propio en cuanto a la paciencia no saca ningún provecho con ese tipo de declaración o modo de pensar. Más bien debo pedirle a Dios que me ayude a ser paciente; proponérmelo y trabajar en ese defecto de carácter.

Bien, debo añadir algo muy interesante que descubrí hace poco. Entre los elementos que componen lo que la Biblia llama Fruto del Espíritu está incluida la paciencia y el Amor, entre otras cosas. ¿Curioso no?

Segunda afirmación

La segunda declaración es que “el amor es servicial”. Aquí muchos hombres podemos darnos algunos puntos, puesto que para tratar de conquistar a una mujer somos serviciales, caballerosos, gentiles; en fin, tratamos de impresionar. Aunque, si lo vemos con mente fría, la gran mayoría de las veces actuamos con toda esa fachada solo para engañar. De manera que los puntos se pierden. Además, tropezamos cuando después de conquistar al objeto de nuestra atención olvidamos todas esas conductas bellas que antes practicábamos. Conclusión: todo era falsedad. Eso no es amor. El que ama es servicial de corazón. Sea con el prójimo o con la persona que ama.

Tercera afirmación

“El amor no tiene envidia”; el que dice que ama a otra persona -no necesariamente tiene que ser del sexo opuesto. Con esto no pretendo avalar al homosexualismo o lesbianismo- no tiene por qué sentir tristeza o pesar por el bien ajeno; al contrario, debe regocijarse por la felicidad del ser que supuestamente ama.

Viéndolo bien, me da la impresión de que aún entre las parejas hay celo o envidia profesional, porque puede darse el caso de que los dos no tengan la misma preparación profesional. Si no hay amor, la profesión o preparación académica puede traer dificultades.

Cuarta afirmación

“El amor no es jactancioso”. Cuando de veras se ama, no se anda pavoneando o alardeando de cualidades o posibilidades reales o falsas. Aquí muchos caemos estrepitosamente; no hemos aprendido a ser sencillos y humildes de corazón. Presumir es uno de nuestros peores defectos de carácter. Reitero: decir que veo orgullo y arrogancia en otros no me ayuda para nada, sino que justifica y alimenta mi soberbia, mi pata coja.

He notado que hay hombres que alardean de haber tenido relaciones con ésta o aquélla mujer. ¿Qué clase de hombre es ése? Solo atino a creer que machos podrán ser; pero, varones, hay que ver. Aparte de que ésos no saben en verdad lo que es el Amor. Querer no es lo mismo que amar.

Otra cosita: las personas que viven de cama en cama son netamente inseguros de su ¿identidad sexual? ¿Tienen bajísima autoestima? Aquí los estudiosos de la conducta humana nos pueden ayudar a comprender mejor. Baste decir que el infiel es sinverguenza aunque tenga la mejor pareja del mundo.

Hace unos años leí que el verdadero hombre no es el que lleva a muchas mujeres a la cama, sino aquel que hace feliz a su mujer tanto en la cama como en la cotidianidad de la vida. ¡Grandísima verdad!

Me da la impresión de que hay hombres que pretenden que su pareja les responda en la cama luego de haberlas herido con palabras y maltratarlas física y sicológicamente durante el día o en el transcurso de la relación. ¡Qué absurdos!

El amor se siembra, cultiva, se abona, y luego se cosecha. No a la inversa. Lo que sucede es que muchas veces queremos que las cosas sean instantáneas, automáticas. Bien lo dijo Octavio Paz al señalar que nuestra sociedad está fundada sobre los cimientos de la facilidad.

Lo barato sale caro; lo bueno cuesta y toma tiempo. Sabemos todo eso y más, pero no lo ponemos en práctica, puesto que del “dicho al hecho, hay mucho trecho”, reza el refrán.

Quinta afirmación

“El amor no hace nada indecoroso”. Ahora sí que estamos entrando en puntos sensitivos. Es aquí donde muchos nos sentimos aludidos y queremos pasar agachados o salir por la puerta trasera para evadir nuestra responsabilidad.

¿Qué es algo indecoroso? El Diccionario afirma que indecoroso es lo “impropio del decoro o dignidad de una persona”. ¿Qué es decoro? Decoro es “honor, respeto, reverencia que se debe a una persona por su nacimiento o dignidad”.

Analicemos la primera definición de decoro. El que ama respeta el honor, la dignidad de la persona que asegura amar; no insinúa ni propone cosas que lastimen, ofendan o hieran a esa persona.

Hagamos un alto: si mi pareja no toma en cuenta mi honor y dignidad como persona; en una palabra, no me respeta, es más que claro que lo que quiere conmigo es un pasatiempo, una aventura. Depende de mí si le sigo el juego o no.

Temo que muchas veces nos damos cuenta de las actitudes de nuestra pareja, pero nuestra enfermedad emocional alimentada por fantasías y sentimientos de abandono nos impiden cortar con ese tipo de relación dañina. Es decir, cuando estamos enamorados perdemos la objetividad. ¿Será por ello que dicen que “el amor es ciego”?

Como contraste está la persona que de verdad ama. El que ama pide perdón por el error cometido y no vuelve a insinuar o a proponer nada que de antemano sabe que va a irrespetar u ofender la dignidad y el decoro del objeto de su amor.

En este punto muchísimos hombres caemos o hemos caído. Entre otras cosas, por la impaciencia y el afán faltamos a la dignidad de la mujer. Hombres, no todas las mujeres son iguales. Mujeres, háganse respetar; cuiden su dignidad. Las mujeres, generalmente, son cual cristal finísimo de Venecia. La flor más delicada y apreciada que debe haber en mi jardín para cuidarla y amarla.

San Agustín decía que Dios no creó a la mujer de los pies del hombre para que éste no la pisotee, ni la tomó de la cabeza del hombre para que ella no se enseñoree de él, sino que la formó de una de sus costillas para que la amara. ¡Preciosa verdad!

Estos últimos años me han ayudado a convencerme aún más de que no todas las mujeres son iguales. Asimismo deseo transmitir a las mujeres que no todos los hombres somos iguales. Antes era defensor de la mujer; hoy lo soy más. Por convicción, no por interés.

Bien, es menester añadir algo más sobre el decoro que no debe faltar en el amor. Da pena y verguenza ver a mujeres usar artimañas que dejan mucho que desear. Creyendo que se autorrespetan, se irrespetan ellas mismas.

La dignidad no se come pero sirve para mucho. ” Más vale el buen nombre que las muchas riquezas”, asegura el sabio escritor.

Creo que la mujer por naturaleza es coqueta, pero que esa coquetería no la lleve a ser pícara, insinuante ni desvergonzada. El hombre es el conquistador, no la mujer.

¿Quién no ha oído decir que “todos los hombres son sinverguenzas”? Para empezar, generalizar es injusto; y el que generaliza se equivoca. Es cierto que muchísimos hombres son mujeriegos y todo lo demás; pero, para que haya hombres mujeriegos se necesitan mujeres. ¿Cierto? En otras palabras, para que haya hombres sinverguenzas es imprescindible que haya mujeres sinverguenzas.

En honor a la verdad, debo reconocer que hay muchos casos en que el hombre se aprovecha de que la mujer se ha enamorado para jugar con ella y destruir sus emociones y sentimientos. Ahí no debe decirse que hay sinverguenzura de la mujer, sino que es la desverguenza del hombre la causante del engaño.

He conocido mujeres sumamente golpeadas, engañadas, burladas y abusadas por hombres inescrupulosos, perros y sinverguenzas. Hombres, hay muchísimas buenas mujeres en esta situación esperando a un hombre de verdad. ¡Hombre, atrévete a ser diferente!

Estoy convencido de que hay más mujeres sanas y dignas que hombres sanos y dignos. Mejores partidos entre las mujeres que entre los hombres. Aunque, como están las cosas hoy día, pareciera que las mujeres se igualaran a los hombres en la sinvergúenzura.

LA FIDELIDAD DE HOMBRES Y MUJERES ES MUY IMPORTANTE

Hace años, Ross Perot, ex candidato a la presidencia estadounidense, dijo que en sus empresas no da empleo a las personas que son infieles a sus cónyuges, pues si no son fieles a esa persona que convive con ellos, que confía en ellos, ¿cómo es posible que sean fieles a la empresa en la que laboran?

Perot tiene toda la razón; si soy infiel a esa mujer que ha dedicado parte de su vida a atenderme, amarme, que confía en mí, y a la cual juré fidelidad, ¿será posible que yo sea fiel en otras áreas de la vida? Pienso que no.

Ahora bien, puede ser que en una relación de pareja mucho se ha enfriado, o desaparecido, pero si de veras amo a esa persona y tengo principios y valores bien arraigados, ¡jamás! le seré infiel. O por lo menos lo pensaré muy bien antes de meterme en camisa de once varas. Sé que muchos cuestionarán este enunciado. Antes de fusilarme, añado que supongamos que fui infiel por una u otra razón -nada justifica la infidelidad-.

Si no amo de verdad, proseguiré en mi indignidad. La grandísima diferencia del Amor es que no me quedaré en la infidelidad; por todos los medios repararé el daño causado; primero, a mí mismo, puesto que al ser infiel me irrespeté yo mismo. Por supuesto, también a mi pareja. Y si hay hijos, a mis hijos. Segundo, cambiaré toda mala actitud mía, de tal manera que mi mujer se convenza de que -si debe cambiar alguna conducta negativa- ella también cambie.

Ahora bien, de todo esto surge, creo yo, una pregunta: ¿debe el cónyuge infiel confesar su infidelidad a su pareja? Si fue sorprendido (a) o ya hay grandes evidencias en su contra, debe admitirlo con valentía, sinceridad y honestidad.

Si no ha sido descubierto (a) ni hay sospechas o pruebas en su contra, aquí es donde el amor que tiene por su pareja o cónyuge se pone a prueba. Si la ama, abandonará su indignidad. Y depende de cada caso si debe confesar o no su falta. No; la confesión no es una camisa de fuerza. Cada caso tiene sus peculiaridades y debe ser tratado particularmente.

El que fue infiel y ama a su pareja demostrará su verdadero arrepentimiento con su manera de actuar de ahora en adelante, pues “las palabras convencen, pero los ejemplos arrastran”. “Tus hechos no me dejan oír lo que dices”. “El árbol se conoce por sus frutos”.

Mi convicción es que en problemas de marido y mujer los dos, casi siempre, son responsables de las dificultades. Quizá uno más que otro, pero los dos tienen su cuota de participación.

Evidentemente, hay casos en que solo uno es el responsable o culpable de la ruptura.

Sexta Afirmación

En este escabroso tema de la infidelidad -que a mi juicio no solo debo ser fiel en el matrimonio, sino también en el noviazgo; pues si fui infiel en el noviazgo, ¿quién me garantiza que cambiaré de actitud en el matrimonio?- debemos adelantarnos un poco y aplicar la sexta afirmación del Amor que está más adelante: “El amor no toma en cuenta el mal”.

Cuando hombre y mujer se aman de veras no toman en cuenta el mal o los errores del otro. No recrimina, no vive recordándole al otro los errores pasados. Claro que uno se va a herir u ofender porque el otro fue infiel -lo contrario sería un obvio indicio de que no se ama a la pareja o no tengo dignidad- pero no debo hacer leña del árbol caído ni sacar los trapitos sucios de mi pareja en ningún momento.

¿Qué podemos decir del perdón? Ahora sí parió la puerca. El que diga que le es fácil perdonar o pedir perdón, miente. Porque resulta que el perdón se mueve en la esfera del ego. Y no es nada fácil hacer que el ego agache la cabeza para pedir perdón ni para perdonar.

Además de que la infidelidad de la pareja golpea duramente al ego más que a otra cosa. No resulta fácil perdonar al infiel. Por ahí dicen que cuando el hombre es el infiel el matrimonio se puede salvar, mas cuando es la mujer la que ha puesto los cuernos, todo se derrumba.

Al hombre le golpea más duro la infidelidad que a la mujer, ¿será? Me inclino a pensar que sí por el maldito machismo. Esa programación que recibimos, primero, de nuestra crianza y, luego, de la sociedad.

¿Qué es perdonar? Para mí perdonar es soltarle el cuello al otro y darle una nueva oportunidad. Evidentemente puedo recordar que mi pareja me hizo algo, pero lo recordaré sin dolor, sin rabia. Sin deseos de venganza.

El que dice que perdonó pero en un momento equis lo saca a colación no ha perdonado. Tampoco ha perdonado aquel que dice “sí, te perdono, pero de ahora en adelante no será igual”; en realidad no ha perdonado.

¿Qué es pedir perdón? Pedir perdón genuino -no de labios para afuera- es humillarse. ¡Qué difícil es para el ego humillarse! Humillarse y no volver a hacerlo.

Cuidado con esos que se la pasan en el relajo de hacer embarradas y juegan al perdón. “Lo hago, porque sé que me va a perdonar”. ¡Cuidado con lo que sembramos! Cuidado con frustar, sofocar el perdón que ofrece la parte ofendida. Ojo que no pase como el pastorcito mentiroso que gritaba viene el lobo y no venía ningún lobo. Y cuando vino, nadie le creyó.

Séptima afirmación

“El amor no se goza de la injusticia”. He visto en mi propia vida que es fácil ser

injusto. ¿Qué es justicia? Me gusta mucho la definición que en Derecho da Ulpiano sobre justicia: “Voluntad firme y continuada de dar a cada uno lo suyo”.

Es sumamente fácil ser egoísta, lo difícil es ser justo. Dar al otro lo que le pertenece aun sobre mis propios intereses. En muchas relaciones lo que impera es lo que popularmente conocemos como la “ley del embudo”. Lo ancho para mí, lo angosto para ti. Ejemplo: “Yo lo puedo hacer porque soy hombre. Si lo haces tú, te fusilo”. ¿Es eso justicia? Ello tiene un nombre: machismo.

¿Qué le pertenece a mi pareja que yo injustamente le puedo quitar? Muchas cosas pertenecen a una persona. Entre ellas, la dignidad y el respeto. Algunos de nosotros pretendemos que nos respeten, pero resulta que no respetamos a los demás. Ni nos respetamos a nosotros mismos. Y si yo no respeto, estoy dándole permiso a la otra persona -en este caso a mi esposa- para que me irrespete.

En el preciso momento en que la pareja se pierde el respeto mutuo, se debilita -por no decir, se cayó- uno de los pilares del matrimonio o de la pareja. Empieza el caos.

Últimamente he oído que “tus derechos terminan donde empiezan los míos”. “Tu puño termina donde comienza mi nariz”.

“El respeto al derecho ajeno es la paz”, decía Benito Juárez. “Todo cuanto quieras que otros te hagan a ti, hazlo tú a ellos”, enseña Jesús. ¿Cuántos de nosotros practicamos estas grandes verdades? Temo que muy pocos.

Octava afirmación

“El amor todo lo cree”. Cuando vivimos en una atmósfera de amor en nuestra relación de pareja; por ende, de principios y valores, nos creemos el uno al otro, pues no reina el engaño y la mentira.

Debe ser bello vivir toda la vida con una persona que le cree a uno, y a la cual uno le cree y tiene confianza, mas es horrible vivir desconfiado y con dudas sobre su pareja. Construir una relación de confianza puede durar toda una vida; dañarla cuesta solo segundos.

“Las moscas muertas hacen heder el perfume del perfumista; así una pequeña locura al que es considerado como sabio”, señala Salomón. Cuidado una canita al aire te cuesta una relación forjada a través de muchos años.

Novena afirmación

“El amor todo lo soporta”. De aquí se agarran los que verdaderamente no aman.

¡Cómo nos autoengañamos! Al fin y al cabo, lo que sembramos cosechamos.

Cierto es que el que ama todo lo soporta; es condescendiente, pero ¡cuidado! con abusar, pues “no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista”.

Hay una ley de la vida y de la naturaleza que es la de la siembra y cosecha. “Todo lo que el hombre [o mujer] siembre, eso mismo segará”, asegura san Pablo.

Si siembro desconfianza, cosecharé desconfianza; si siembro, mentira, cosecharé mentira; si siembro infidelidad, cosecharé infidelidad; si siembro abuso, cosecharé abuso. Y así sucesivamente.

Me atrevo a afirmar que entre una pareja puede haber amor del verdadero, pero si uno de los dos -o los dos- se la pasa (n) por largo tiempo sembrando mal, tarde o temprano cosechará (n) lo sembrado. “Tu maldad te alcanzará”, dijo alguien una vez.

A mi modo de ver, el amor es como una flor delicada que hay que cultivar, regar y abonar para que se mantenga fresca y lozana. Con el tiempo dará sus frutos sanos, deliciosos, abundantes y duraderos.

Nota del autor: Este ensayo está dedicado a todos los que todavía creen en el Amor. Y aún no lo he terminado, pues cada día aprendo más al respecto.

Enrique Cáceres-Arrieta

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