Papá de verdad


PAPÁ DE VERDAD

Juan C., de 12 años dice: “Yo tengo un papá, lo que pasa es que él como que no sabe que tiene un hijo”

En esa frase, pronunciada sin grandes asomos de pesar, encierra una terrible realidad de nuestra época. Muchos padres, aún aquellos que comparten la misma casa con su familia, no se dan perfecta cuenta de lo que representa su imagen para los hijos Juan C. no muestra signos de malestar evidente al pronunciar tan triste frase pues él, como muchos otros niños en nuestra sociedad han crecido sin esperar mayores cosas de su padre. La nuestra ha sido por muchos años una especie de cultura matriarcal en la cual el hombre es un complemento circunstancial de la figura femenina en la casa.

Sin embargo, aún cuando Juan C. y miles de otros en apariencia se muestran resignados a la idea de crecer sin una buena figura paterna, la verdad es que la necesitan profundamente para estructurar adecuadamente su personalidad.

El padre complementa de manera muy importante los elementos afectivos, de identificación y protección aportados por la madre en la primera infancia.

padreEl provee, en el caso de las niñas, el modelo por el cual ellas van a establecer su primer y más importante contacto con la figura masculina. El objeto sexual femenino va a estar marcado, en mayor o menor medida por la “seducción” paterna. Cuando hablamos aquí de “seducción”, nos referimos al contacto afectivo que un buen padre establece con su hija y que le permite a ella valorarse como perteneciente a su género. Un padre afectuoso y organizado, le transmite a la niña el sentido de su atractivo físico y el valor de su identidad femenina.

La niña advierte que su padre, (un hombre valioso para ella), la mira como a una pequeña mujer, hermosa y atrayente aunque prohibida para él.

Esta sensación de ser deseable, queda en la mente inconsciente de la hija y, a partir de ella se generan los mejores sentimientos de autoestima y de valor personal, para luego buscar la ratificación de esos sentimientos en la futura pareja.

No nos referimos aquí a la idealización que desean tener muchos padres o que, por variadas razones mantienen algunas hijas. No se trata de que el padre sea un ser supremo e insuperable, sino que sea lo más accesible y positivo que le sea posible, pero que también sea un ser humano con defectos y limitaciones que no le desmerecen en absoluto, sino que le dan una posibilidad de ser superado por el futuro yerno.

Con respecto a los hijos varones, el padre es aún de la mayor importancia.

El padre del varón aparece en escena un tiempo después de lo que lo ha hecho la madre. Esto a veces es doloroso de aceptar para algunos papás quienes lamentan el período de exclusión al que tienen que verse sometidos, especialmente durante los primeros dos años de vida.

Sin embargo, después de esa época, la figura paterna debe entrar en acción para facilitar los procesos de identificación del niño, implantar y/o reforzar la normativa familiar y para generar otros procesos que se irán consolidando poco a poco a medida que el hijo se va acercando a la adolescencia.

La madre otorga al varón la capacidad para sentir empatía, ternura y el sentimiento de ser querido y aceptado. Ella da los primeros patrones de identificación como individuo y eso es de la mayor importancia. Ella es por decirlo así, quien pone las bases y las instalaciones eléctricas del edificio, pero es el padre quien debe poner las paredes, las luces, los servicios y la fachada externa.

Un varón a quien le falta una buena figura paterna le falta así mismo un buen espíritu para la competencia sana. Puede aislarse de la actividad deportiva o competir con tendencias a hacer trampas o a resentirse excesivamente cuando pierde. Puede ser débil y asumir con tristeza su debilidad o esconderla tras una fachada agresiva o arrogante. Suele tener baja autoestima y poca motivación de logro. Cuando la carencia afectiva o la devaluación de la figura masculina es muy acentuada en su crianza, puede tener problemas para identificarse sexualmente. A veces buscan hacerse líderes y necesitan con urgencia sentir el poder que podría restituirles su imagen perdida como hombres. Pueden ser líderes muy negativos y despiadados.

En conclusión, los problemas de la ausencia paterna, ( Recuerde que un padre puede estar en la casa, pero ausente en la vida del hijo), son muy variados y, a veces no tan evidentes como uno podría esperar. Un buen padre es tan necesario como una buena madre y se necesita formar y favorecer la participación más activa de los padres en la formación de los niños.

A continuación queremos dejar algunos puntos de reflexión sobre lo que se espera de un buen padre, tomados del libro: Padres afectivos y efectivos, del mismo autor de este artículo.

Algunos NO de un buen padre:

Un buen padre:

  • No se aleja de la crianza del hijo, dejándole ese trabajo únicamente a la madre.
  • No interviene excesivamente, desplazando o descalificando a la madre por sus métodos de crianza.
  • No se siente menospreciado y no permite que se le menosprecie en su rol masculino o paterno.
  • No utiliza la agresión, la humillación o la intimidación para imponer la disciplina o controlar el comportamiento de los hijos.
  • No busca ser perfecto y mantenerse como una figura divina, impenetrable o invencible, sino que, a pesar de ser fuerte y admirable, es accesible y humano.
  • No es el muchacho amigo que todo lo autoriza y lo consiente.
  • No es ambivalente. Es decir, puede mantener una misma línea de pensamiento o de acción, aún cuando ésta pueda ser corregida o revisada para ver si es efectiva o si debe ser cambiada.
  • No suscribe aquel cómodo adagio de: “Hagan lo que yo digo y no lo que yo hago”, sino que es consecuente en sus acciones y su comportamiento.
  • No desvaloriza o persigue a los hijos con comentarios irónicos por sus errores, sino que señala las equivocaciones como situaciones propicias para lograr un aprendizaje.
  • No compite con la madre por el afecto de los hijos sino que demarca democráticamente su propio territorio y respeta el área de influencia materna.
  • No desea quedarse para siempre con los hijos sino que los prepara apropiadamente para su desempeño individual en el mundo de los adultos.
  • No es, ni desea ser perfecto. Tampoco lo espera de sus hijos.

César Landaeta H.

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